Érase una vez una niña que jugaba con un perro marrón. Estaba gordo y era muy orgulloso.
Una mujer amiga de la niña se disponía a saltar del tren, que ya circulaba por la vía, porque no quería conocer gente nueva.
Un hombre llamado Jasper Sullen era su prometido y en estos momentos caminaba pensando a qué ciudad se dirigía su queridísima Rosalie.
Rosalie cogió un taxi para que la llevara al consultorio de Jasper Sullen. Ella estaba tan nerviosa que empezó a morderse el labio inferior.
Jasper era un hombre muy alto y con una piel muy blanca, pero era un tío muy simpático y amable.
Rosalie llegó al consultorio que estaba abierto y pegó un pequeño golpecito en la puerta. No había nadie por lo que entró. En la entrada había un gran oso negro disecado, también había una elegante y buena silla.
Jasper regresó del paseo y al ver la puerta abierta empezó a hacerse notar y poniendo cara de malo para asustar a quien estuviera allí. Pero al verla a ella su expresión cambió.
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