
Había una vez un pequeño pueblo donde no se fabricaban ni se vendían sombreros, así que los habitantes de allí se las tenían que apañar como pudiesen. Un día, un hombre estaba sentado en el sofá de su casa viendo la tele. Era invierno, y estaba nevando como en cualquiera de las nevadas anteriores del invierno en ese pueblo. Tenía dos hijos, estaban jugando con sus amigos del colegio a una pelea de bolas de nieve.
De pronto dejó de nevar y todos los niños se quedaron sorprendidos al ver nieve de colorines. Cuando la extraña nieve se acercó más, se dieron cuenta de que no era nieve, eran un montón de sombreros de muchos colores. En efecto, del cielo azul caía una lluvia de sombreros. No un solo sombrero, que podía estar arrastrando el viento de un lado para otro. No sólo dos sombreros que podían haberse caído de un alféizar. Eran cien, mil, diez mil sombreros los que descendían del cielo ondeando. Sombreros de hombre, sombreros de mujer, sombreros con pluma, sombreros con flores, gorras de joquey, gorras de visera, boinas, chapelas, gorros de esquiar...
Todo el mundo salió de las casas y se quedaron boquiabiertos. Cuando pararon de caer los sombreros, cada familia se quedó con los sombreros que más le gustaron y los sombreros que se quedaron sin recoger los donaron a una ONG que había en el pueblo. La noticia salió en el periódico y los habitantes de este pueblo nunca jamás se tuvieron que volver a preocupar por si tenían o no suficientes sombreros para cada estación del año y todos vivieron felices y comieron perdices.
muyy chula la historia maria!!
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