Habia una vez un hombre que vivía en la orilla de un río, tenía dos hijas que cuando se hicieron mayores, su padre le dijo que deberían casarse y así lo hicieron: la hija mayor se casó con el propietario de la mejor tienda del pueblo y la menor con el zapatero del pueblo vecino, que no tenía más fortuna que su propio trabajo.
La mayor de las hermanas era rica, y la menor era pobre y ansiaba deseos de dar de comer a sus hijos.
Un día, el zapatero, mientras perseguía a un animal por el monte, se alejó de su casa más de lo que previsto, y oscureció. Pensó que debería aquella noche dormir en una casa, así que llamó a la primera casa, pero nadie respondió, a sí que entró en la casa y vio que era una gran mansión.
Se dirigió a la cocina y, como estaba hambriento, cogió algunas frutas de manera que no se notara demasiado. Después, rendido por el cansancio, se durmió.
Después llegaron a la casa los propietarios, eran los doce meses del año. Un mes le preguntó quién era él y le respondió que era Samuel, el zapatero; también dijo que se le había hecho tarde y que él se había tenido que refugiar en su casa. El mes de Diciembre le preguntó a Samuel qué tal le había ido el año, y este respondió que no le había ido muy bien. El mes de Abril le dijo que no se preocupara más.
Los meses le regalaron a Samuel una porra mágica y una bolsa con dinero.
La familia de Samuel vivió muy bien, pero un día, vino el marido de la hermana menor y le tuvieron que contar todo lo que había sucedido.
Él se fue por donde le dijo Samuel, e hizo todo lo que debía de hacer, pero los meses en vez de darle una porra de comida le dio una porra que cuando le decías las palabras mágicas te daba muchos golpes fuertes al hombre.
Así que el hombre aprendió a no mentir y todos vivieron felices, y este cuento se acabó.
martes, 9 de noviembre de 2010
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